El arte de no hacer Arte. Una deriva desde el dadaísmo al artivismo es el título del libro de Antonio Orihuela (Moguer 1965), editado por La Vorágine en julio del 2002 en su colección Memorias (in) surgentes.
En la cubierta, se presenta este ensayo de Orihuela como cartografía del arte que recoge un conjunto de prácticas cuyo nexo común es su lucha contra el «‘Arte’ oficial, burgués, despolitizado».
Al leer «‘Arte’ oficial, burgués, despolitizado» me parece conveniente hacer un apunte con respecto a la idea de la despolitización del arte burgués.
Por supuesto, el Arte burgués no es un arte despolitizado. Si nos atenemos a la fórmula literal, estaríamos asumiendo la ideología burguesa del arte sin ningún tipo de distancia ni de cuestionamiento. Las ideologías tienen una función política muy clara en tanto que nos crean una relación imaginaria con nuestras condiciones reales de existencia. Al reconocernos en la ideología burguesa entendemos el mundo y nuestro lugar en él desde posiciones que poco tienen que ver con las condiciones reales en las que se desenvuelven nuestras vidas. En la medida en que nos reconocemos en la ideología burguesa, capitalista o neoliberal, reproducimos las condiciones que nos someten y explotan.
Peter Bürger en su libro Teoría de la vanguardia (1974) afirma que la ideología burguesa del arte es la autonomía del arte. El arte autónomo burgués se presenta a sí mismo como algo esencialmente desligado de la política y de la economía, nos interpela en su desinterés, en su no instrumentalización. Se muestra, abiertamente apolítico. Bajo la ideología de la autonomía del arte se asume que el arte es algo separado, ajeno a las condiciones reales en las que se desenvuelven sus prácticas en cada coyuntura, en cada contexto y es igualmente ajeno a las condiciones materiales de nuestras propias vidas.
Siguiendo el argumento de Bürger observamos en el presente un cambio en la idea de arte autónomo con respecto a la economía. La noción de autonomía, que en los últimos cincuenta años se ha ido asociando progresivamente al mercado, permite hoy identificar al arte con la mercancía y hacerlo en términos positivos.
La ideología de autonomía aplicada al mercado (que lo muestra como ente independiente que se rige y autorregula por sí mismo) ha alcanzado presencia y reconocimiento. Ya no entra en fricción con la idea de autonomía del arte que se ha ido construyendo desde las posiciones neoliberales. Ambas son perfectamente compatibles.
La ideología de la autonomía del mercado y la del arte se han fundido y han dado lugar al neosujeto*, a la figura del artista emprendedor que persigue en solitario el éxito económico, que tiene como modelo a la exigua plutocracia planetaria y proyecta alcanzar un reconocimiento social que lo haga envidiable, que lo diferencie de los demás. Si nos identificamos con esta figura, que en sí misma reproduce el ciclo del capital, quedamos confundidas, derrotados, ciegas.
Ahora bien, cuando practicamos un ejercicio de distanciamiento ideológico, cuando miramos de frente a las condiciones reales en las que nos desenvolvemos día a día, empezamos a distinguir lo que aumenta nuestra capacidad de acción y nos da placer, de lo que la disminuye y nos produce malestar. Cuando identificamos la autonomía y sus promesas de éxito como ideología y tomamos distancia con respecto a ellas, empezamos a reconocer como posiciones políticas aquellas que pasaban por ser apolíticas, autónomas, neutrales. Cuando distinguimos las relaciones de fuerzas, las posiciones de clase, e incluso la interdeterminación que se da entre ellas y nos posicionamos y actuamos a favor de la vida y no de la acumulación de capital, estamos creando una cultura en la que el arte se funde con la vida para que ésta merezca ser vivida, estamos formando parte de los antagonismos constitutivos del arte o de la vida misma, del lado que nos libera.
Distinguir entre la ideología burguesa del arte y la realidad de nuestras condiciones de existencia, nos ayuda a localizar las posiciones y estrategias que, activamente, ocupa la clase burguesa capitalista o neoliberal, dentro de los antagonismos constitutivos del arte. Nos permite ver cómo enmascara su posición política al tiempo que señala cualquier otra posición que la cuestione o se oponga a ella como tendenciosa o como politizada. Nos permite preguntarnos por las maneras en las que al reconocernos en el desinterés (político) del arte, y en la autonomía del mercado, reproducimos las condiciones de precariedad que nos explotan y a sus beneficiarios directos.
Este libro, entrañable, de Antonio Orihuela reúne un conjunto de prácticas artísticas que comparten la realización de propuestas poéticas colectivas en las que la creatividad forma parte de lo cotidiano, que tienen en común su rechazo a un arte mercantilizado, fetichizado, contemplativo, atribuido a la singularidad creativa de un artista o alejado de las condiciones reales en las que discurren nuestras vidas, que son características del arte autónomo burgués. Todas ellas dan muestra y van conformando una cultura de la experimentación, de la tentativa, que se orienta a hacer gozosa la vida en su modo relacional e interdependiente.
Notas:
* Laval y Dardot utilizan el término «neosujeto» para explicar esta subjetividad neoliberal. En el terreno del arte la figura del artista en la sociedad burguesa capitalista prefigura al llamado neosujeto.
